Me siguen incomodando los colectivos que realizan acciones de protesta, totalmente legítimas, a costa del tiempo, la paciencia y la movilidad del resto de ciudadanos, como, por ejemplo, cortar carreteras.
Me cuesta entender que el derecho legítimo de protesta de alguien se sustente en la privación de una serie de derechos, también legítimos, de otras personas.
Quiero dejar claro, de entrada, que el derecho a protestar, a la huelga, a las movilizaciones sociales… tiene todo mi apoyo y admiración porque ha costado mucho conseguir derechos que hoy consideramos básicos, pero que eran discriminaciones flagrantes hace no tanto tiempo. La protesta, aunque no sea justa, siempre es legítima. Pero, ¿es legítimo que mi reivindicación se sustente sobre cualquier otra necesidad de cualquier otra persona? ¿Quién soy yo para decidir que lo mío es más importante que lo tuyo? Puede ser superioridad moral, egoísmo, inconsciencia, desesperación… Me temo que estos elementos están en la base de muchas de las personas que realizan este tipo de acciones.
Cada vez que veo a alguien que corta una carretera para protestar, mi imaginario se desplaza muchos años atrás. En un mundo radicalmente distinto al que teníamos en el siglo XX, ¿no hemos sido capaces de promover otro tipo de protesta que a quien realmente perjudique sea a quien realmente queremos que perjudique (normalmente, a los gobernantes)?
¿A quién van dirigidas las protestas? ¿A los dirigentes? ¿A los medios de comunicación? ¿A justificar la existencia de algunos colectivos que, en una dinámica de actuación más propia del siglo XX que del siglo XXI, solo se sienten legitimados cuando aparecen en los medios de comunicación?
No me puedo creer que los sindicatos, habitualmente organizadores de este tipo de protestas, no hayan evolucionado, a lo largo de los años, en el tipo de protestas que desarrollan. No puede ser así. He realizado un ejercicio tan simple como pedirle a la IA que nos ilumine en tipos de protestas que perjudiquen a los gobernantes y no al resto de los ciudadanos, que es a quienes acaban perjudicando. Si se trata de conseguir viralidad (de medios y redes), de forma impredecible (para que las movilizaciones no puedan ser bloqueadas) y con un riesgo bajo para quien las organiza, hay otras formas de actuación, seguro. La pregunta sobre la IA da un primer resultado inspirador:
- Protesta de consumo selectivo: Boicotear productos o servicios vinculados a los intereses económicos de los gobernantes, ya que el dinero suele ser su mayor vulnerabilidad.
- Protesta documental (burocrática): Inundar las instituciones con peticiones formales, solicitudes de transparencia o quejas legales individuales para saturar el sistema administrativo del gobierno.
- Huelga de impuestos legal: Retener el pago de ciertos arbitrios o tasas (dentro de los márgenes que permitan las moratorias legales) para afectar el flujo de caja del gobierno.
- Campaña de desprestigio digital: Uso de redes sociales para exponer contradicciones o fallos de gestión directamente en las cuentas oficiales de los políticos, afectando su imagen pública.
- Caceroladas programadas: Se realizan desde las casas o balcones a una hora específica. Generan un impacto psicológico y mediático enorme sin afectar la movilidad.
- Retirada de fondos: Coordinar la retirada de ahorros de bancos estatales o entidades muy ligadas al poder de turno para generar presión financiera directa.
- Manifestaciones simbólicas coordinadas: Uso de elementos visuales comunes (como vestir un color específico, colgar banderas en ventanas o proyectar mensajes en edificios) que demuestran unidad y descontento masivo sin interrumpir la vía pública.
- Peticiones masivas: Utilizar plataformas de recolección de firmas y contacto directo con representantes legislativos para exigir cambios específicos, ejerciendo presión sobre su responsabilidad política y futuro electoral.
- Subversión publicitaria: Alterar vallas publicitarias oficiales o carteles de campaña con mensajes satíricos que revelen verdades incómodas o contradicciones.
- Acrobacias de humor político: Realizar actos absurdos que parodien las decisiones del gobierno.
- Proyecciones de guerrilla: Utilizar proyectores de alta potencia para lanzar mensajes o imágenes sobre la fachada de edificios gubernamentales. Es visualmente potente para la prensa y no bloquea ninguna calle.
- Zapatos vacíos o siluetas: Colocar cientos de pares de zapatos viejos o siluetas de cartón frente a una institución pública. Cada par representa a una persona afectada por una política específica (desempleados, víctimas de salud, etc.). Es una imagen poderosa y desoladora que comunica mediáticamente la magnitud de un problema.
- Instalaciones artísticas efímeras: Usar materiales que no dañen el patrimonio (como tiza, luces LED o incluso proyecciones de agua) para marcar el espacio público con mensajes.
- Funerales de derechos: Organizar procesiones fúnebres simbólicas donde se “entierra” un derecho que se considera perdido con ataúdes de cartón y vestimenta de luto.
- Postales: Enviar miles de postales físicas, cada una con un mensaje personal o una demanda, directamente al despacho del gobernante. Saturar su buzón personal o institucional con papel físico.
- Crowdfunding para la auditoría: Organizar colectas ciudadanas para contratar auditores independientes o investigadores privados que analicen contratos públicos específicos, comparativas con otros países, publicando los hallazgos en plataformas abiertas.
- Acecho silencioso: Grupos de ciudadanos que se presentan en eventos públicos, pero en lugar de gritar, permanecen en silencio absoluto sosteniendo espejos. Esto obliga al político a verse a sí mismo y al reflejo de la ciudadanía mientras intenta dar su discurso.
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Necesitamos protestas adaptadas a nuestros tiempos, que sean lo más efectivas posible. Nos acercamos ya a completar el primer tercio del siglo XXI y no podemos seguir movilizándonos como lo hacíamos el siglo pasado.
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