Después de asistir a un evento en el que se entregaban unos premios, de los que prefiero no dar muchos detalles para que nadie se sienta especialmente cuestionado, se inició un debate en la mesa que compartíamos algunos de los allí presentes sobre si el fallo del jurado era realmente justo. Me sorprendió la conclusión porque era unánime: el premio no hacía justicia a la realidad y quien lo obtenía lo merecía menos que otras personas que ni siquiera habían sido consideradas para tal galardón.

En los últimos meses he vivido muy de cerca cómo la obsesión de algunas personas por ser reconocidas con determinados galardones, o de algunas instituciones por aparecer en una buena posición en ciertos rankings, genera una cierta perversión de su autenticidad. Es decir, para figurar en una short list de candidatos a un premio o a un ranking, están dispuestos a dejar de ser ellos mismos y abrazar determinados requisitos y condiciones que los llevan a proyectarse públicamente de una forma distinta a la que realmente son, simplemente para conseguir el preciado posicionamiento o la ansiada distinción.

Esta situación me lleva a cuestionar si ser premiado o reconocido en un ranking no termina, en realidad, escenificando lo injustos que pueden llegar a ser este tipo de reconocimientos, dado que no siempre reflejan la realidad de aquello que se premia, sino la percepción que los candidatos intentan generar.

Algunas organizaciones y personas invierten cantidades ingentes de dinero y esfuerzos titánicos para reunir las condiciones que las hacen «elegibles» para un premio o un ranking, aun siendo conscientes de que, para ello, están renunciando a parte de su autenticidad. Buscan una sobredimensión pública que también podría revelar la escasa confianza que tienen en sí mismas o en el trabajo realizado, ya que solo lo consideran plenamente válido cuando recibe reconocimiento público. Para conseguirlo, utilizan astutamente las redes sociales, invierten en campañas de marketing —corporativas o personales— y generan influencia y lobby allí donde es necesario. El resultado es que, en ocasiones, gana quien dispone de la mejor estrategia de posicionamiento y no necesariamente quien ha realizado el mejor trabajo.

Con demasiada frecuencia, se trata de reconocimientos configurados en función de los intereses que los sustentan, destinados a satisfacer egos narcisistas o a alimentar un determinado negocio. Todo ello queda muy lejos de premiar el mejor desempeño, la mejor trayectoria o el trabajo más brillante. También observo la escasa integridad de algunos rankings y premios que se conceden por «cuota», por edad o que, por el contrario, excluyen deliberadamente a determinadas personas para no dejar de ser «políticamente correctos».

Por todo ello, quiero reivindicar y valorar públicamente el trabajo bien hecho de tantas personas y organizaciones que nunca recibirán un premio ni aparecerán en un ranking, pero que contribuyen cada día a hacer de este mundo un lugar un poco mejor.

De todos modos, ¿qué podemos esperar de un mundo en el que preferimos ser famosos por una idiotez o nimiedad que permanecer en el anonimato por un desempeño exitoso y eficaz?