Mi buen amigo Ferran Ramon-Cortés escribe un artículo muy recomendable sobre el insulto y las consecuencias que puede generar (www.laisladelos5faros.com). En él, nos indica que la injuria impide que nos escuchemos y que reflexionemos, dos de los aspectos que son, a mi entender, más necesarios para el crecimiento personal, el aprendizaje y las relaciones humanas saludables. De hecho, la escucha y la reflexión son lo que transforma la información en sabiduría. Y sin sabiduría ¿qué nos queda?

Desconozco el motivo, pero últimamente me fijo especialmente en las calificaciones que usan los políticos para debatir con sus adversarios. El porcentaje de agresiones verbales hacia sus oponentes es altísimo. Aquellos que deberían ser referentes en nuestra sociedad, lo usan, sin miramientos, para erosionar, linchar o deshumanizar a sus interlocutores.

Desconozco si son/somos conscientes del coste psicológico colectivo que genera y de la dificultad de restauración que ocasiona. El agravio constante engendra un entorno de hostilidad, crispación y estrés crónico. Estamos dejando de rebatir ideas; lo que hacemos es agredir verbalmente. El insulto ha sustituido al argumento. Cuando el desacuerdo político o social se expresa a través de la ofensa, se destruye la posibilidad de encontrar puntos comunes y se polariza nuestra sociedad en bandos irreconciliables. Se planta la semilla para una sociedad que pierde los matices (todo resulta blanco o negro), para una sociedad más defensiva, menos empática, que busca despojar al otro de su dignidad para ganar una posición de poder que resulta del todo falsa. Una sociedad que se autocensura, que prefiere no opinar por temor a la afrenta que pueda recibir.

En un mundo con más de 1200 millones de personas con problemas de salud mental, es evidente que el insulto pone en peligro, todavía más, nuestro bienestar. No ayuda de ninguna manera.

Si los líderes políticos, los creadores de contenido y los referentes sociales utilizan el improperio como una herramienta cotidiana para comunicarse, las nuevas generaciones crecerán entendiendo que la falta de respeto es la norma para resolver conflictos. Vaya, un auténtico drama.

El insulto ya no es una excepción; se está convirtiendo en una parte destacada del ecosistema en el que vivimos.